
ELLA ÉL AMBOS
Cuando están juntos él aspira su aire y le dice que así, poco a poco, la va metiendo adentro suyo. Le explica que una parte de él está feliz pero que otra está triste. Tal vez le pasa esto por la mujer que ama desde antes. O quizás sea porque nunca podrá hacerla feliz. O es que son estas cosas y otras tantas más que ella intuye. También le dice que es probable que se pueda enamorar. Ella no le cree, ríe, le contesta que no desea aspirar su aire más que cuando están juntos. No quiere meterlo adentro suyo porque entonces será más dolorosa la despedida que algún día tendrán…porque su estar juntos está hecho de viento y ambos lo saben.
Seguramente es la fugacidad de ese estado lo que les gusta, su imposibilidad, su presente sin futuro. Aunque a veces el futuro los asalta con preguntas inútiles y entonces la tristeza se apodera de sus almas un segundo, solo uno, el lapso suficiente para seguir siendo humanos concientes del transcurso del tiempo. Pero cuando pasa ese segundo vuelven a ser inocentes otra vez; el tiempo desaparece y la vida se asienta como debe asentarse la vida, sin demasiadas preguntas.
La gratuidad de todo esto es lo que a ella conmueve, que él no signifique nada “útil” en su vida: ni una sola certidumbre, ni una sola promesa. El es la expresión máxima de una “grandeza” que no sabe definir. Que todo esto es como un encantamiento que llena el aire que los rodea y que rodean.
El anhela ser cada vez menos, estar más fuera del mundo, hasta llegar a un momento de abandono de todo, abandono de sí. Le explica que esta búsqueda es hacia atrás, como un retroceso que no tiene que ver con la racionalidad, y que se convierte en una aceptación de las cosas tal como son. Ella también aspira a algo similar y es quizás por eso que se puede comunicar con él sin demasiadas explicaciones, porque hay una comprensión previa que no necesita de preámbulos. Y agrega que veces cree que es innecesario llenarlo de palabras porque él sabe las cosas desde antes. Pero de todas maneras necesita de las palabras porque mientras las nombra se va pensando a sí misma. El verbo construye su pensamiento y la teje mientras ella teje al verbo, en un proceso recíproco donde los límites se desdibujan siempre. Y aun así, con ese amor que siente hacia la palabra, sabe que es accesoria y que la verdad está en otra parte y hecha de otra sustancia: puede llamarse silencio, vacío, algo parecido a la verdadera soledad. El también teje, y aunque su material es otro, sabe de lo que habla.
Ella no quiere llenarlo de palabras, por eso le pide que si se excede, él las tome como un aire que le regala y que solamente roza su cara. Un viento fresco que llega desde el este y que luego se va.